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Show bussiness

Foto del escritor: Inés
Inés
2 dic 2019
1 min de lectura

La llegada del periodismo narrativo en los años sesenta supuso la consolidación de un periodismo que apelaba a las emociones como principal manera de atraer al público. Aunque hay quien considera que esta desviación de la objetividad periodística es el detonante de la crisis ética del periodismo, lo cierto es que la concepción de los lectores como «audiencia» o «público» - con las implicaciones económicas que esto conlleva - supone que el periodismo siempre ha estado sometido a la ley de la oferta y la demanda en que se inscribe: si no vendes, no existes. Y para vender hay que atraer.


Partiendo de esta premisa, el periodismo nunca ha podido suscribirse cien por cien a su código deontológico. Dejando de lado que las técnicas para venderse sean más o menos éticas, siempre estará supeditado a una ideología; a la del medio, de forma más inmediata, y a la dominante, de manera más general. Luego su compromiso con la objetividad es imposible desde el momento en que se concibe como un producto dentro del mercado.


En la película Chicago (Rob Marshall, 2002), se explica muy bien cómo influye la prensa en la opinión pública, y la trascendencia que ésto puede alcanzar.


Pero el problema de convertir el periodismo en la estrategia de marketing de un medio de comunicación no es, sólo, perder la información de calidad. La espectacularización exagerada, el todo por la exclusiva, la lágrima, las vísceras y la carroña arrastran la información al amarillismo, a la falta de escrúpulos y a convertir la profesión en una celebración del morbo.





 
 
 

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